EN BUSCA DEL FUEGO

de roser amills bibiloni

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Hacerse una serie de autorretratos. ¿Para que? ¿Qué hay de diferente en nuestro rostro de un día a otro, de un mes a otro mes? Qué hay de distinto, para que pueda ser mirado. Quizás la mirada más compleja, la mirada que muy pocos podemos proponemos como tarea sea la de indagar el lento cambio de nuestro rostro. Su aparición y desmoronamiento. Un rostro es un paisaje. Y, al igual que la naturaleza, va asumiendo nuevos pliegues, nuevas manifestaciones. Nuestro rostro cambia como varía la tierra, imperceptiblemente. Nuestro rostro es otra geografía: invisible. De allí que la insistencia en el autorretrato sea el oficio de aquellos trabajadores del mirar, de los topógrafos, de lo orógrafos del tiempo. Recordémoslo: ese rostro que vemos igual cada día no es el rostro de ayer, ni mucho menos el rostro de mañana. Repitámoslo: más allá del ver está el mirar‑, más allá del espejo está el tiempo

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Mi ciudad natal es Algaida, en Mallorca, alias "sa roqueta", Islas Baleares, pero vivo en Barcelona desde 1992 (¡casi nada!)
Libros publicados que me encantaría que leas algún día (que para eso los publiqué, jejeje)
Uno solo, por favor (poesía, Calambur)
Lais per amants distingits (poesía, Abadia Editors)
Nos casamos (Ensayo, Maeva)
Mejan (Biografía, El Tren del Arte, Anuart Ediciones)
La ciencia de la serenidad (Ensayo, Ámbar, Océano Editorial)
Guía de teleservicios de Barcelona (El País Aguilar)
Guías de experiencias para "La vida es bella" (La Vida es Bella - FNAC)

por cierto...

Nada es del todo poesía ni prosa ni ficción ni no ficción. Es lo que es, lo que hay y lo que podría haber. Y no. En definitiva: la fiesta está en tu interpretación.

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algunos sabios griegos, preocupados por el estudio de los elementos, al preguntarse qué nos movía, el alma-motor, especulaban si se trataba de un fuego o del éter, mientras otros afirman hoy que lo que guía la acción humana es la información...

Sábado, 18 de marzo de 2006

Samuel Beckett, cascando estampas de una belleza desoladora y demás

Samuel (Barclay) Beckett nació el 13 de abril de 1906 en Foxrock, localidad de las afueras de Dublín, y murió en París el 22 de diciembre de 1989. Por tanto, y siguiendo nuestra tradición cultural de celebrar los aniversarios, el próximo 13 de abril se cumplirán 100 años de su nacimiento. Dublín y Londres se unirán para conmemorar este primer centenario del nacimiento del premio Nobel de Literatura irlandés, genial autor de Esperando a Godot.

Durante el festival, la conocida artista norteamericana Jenny Holzer creará un espectáculo entre visual y literario, proyectando textos de Samuel Beckett que se deslizarán luminosamente sobre las fachadas de varios edificios tanto de Dublín como de Londres. Y con ocasión de esta efemeride, Ediciones Siruela (están en todo!) publica por primera vez en castellano de forma íntegra los Encuentros con Samuel Beckett, del francés Charles Juliet.


"Cuando se tiene el pensamiento en alguna parte todo está permitido" dijo una vez Samuel Beckett y luego, en Textos para nada, 1955 (Tusquets Cuadernos Marginales 22) continuaba así:

Bruscamente, no, a la fuerza, a la fuerza, no pude más, no pude continuar. Alguien dijo, No puede permanecer ahí. No podía permanecer allí y no podía continuar. Describiré el lugar, carece de importancia. La cima, muy llana, de una montaña, no, de una colina, pero tan salvaje, tan salvaje, basta. Fango, brezo hasta las rodillas, imperceptibles senderos de ovejas, erosiones profundas. Fue en el hueco de una de ellas donde me tendí, al abrigo del viento. Hermoso panorama, sin la niebla que lo velaba todo, valles, lagos, planicie, mar. ¿Cómo continuar? No era necesario empezar, sí, era necesario. Alguien dijo, quizá el mismo. ¿Por qué ha venido? Hubiera podido quedarme en mi rincón, al calor, al abrigo de la humedad, no podía. Mi rincón, lo describiré, no, no puedo. Simplemente, no puedo nada más, como suele decirse. Digo al cuerpo, ¡Vamos, arriba!, y siento el esfuerzo que realiza, para obedecer, cual vieja carnaza caída ,en mitad de la calle, que ya no hace, que aún hace, antes de renunciar. Digo a la cabeza, Déjalo tranquilo, quédate tranquila, cesa de respirar, después jadea a más y mejor. Me siento lejos de esas historias, no debería ocuparme de ellas, no necesito nada, ni ir más lejos, ni quedarme en donde estoy, todo me resulta verdaderamente indiferente. Debería volverme, del cuerpo, de la cabeza, dejar que se arreglen, dejar que se acaben, no puedo, sería necesario que sea yo quien se, acabe. Ah sí, diríase que somos más de uno, sordos todos, ni siquiera, unidos de por vida. Otro dijo, o el mismo, o el primero, todos tienen la misma voz, todos los mismos pensamientos. Debiera haberse quedado en su casa. Mi casa. Querían que regresara a mi casa. Mi morada. Sin niebla, con buenos ojos, con un catalejo, la vería desde aquí. No se trata de simple fatiga, no estoy simplemente fatigado, a pesar de la ascensión. Tampoco de que quiera permanecer aquí. Había oído, debí haber oído hablar del panorama, el mar allá lejos, de plomo repujado, el llano llamada de oro tan frecuentemente cantado, los repetidos lomos, los lagos glaciares, los humos de la capital, no se hablaba de otra cosa. A ver, ¿quiénes son esa gente? ¿Me han seguido, precedido, acompañado? Estoy en la excavación que los siglos han cavado, siglos de mal tiempo, tendido cara al suelo negruzco donde se estanca, lentamente bebida, un agua azafranada. Están arriba, alrededor, como en el cementerio. No puedo levantar la vista hacia ellos, lástima. No veré sus rostros. Las piernas quizás, inmersas en el brezo. ¿Me ven ellos, qué pueden ver de mí? Quizá ya no haya nadie, quizá se hayan ido, asqueados. Escucho y son los mismos pensamientos lo que oigo, quiero decir los mismos de siempre, curioso. Decir que en el valle brilla el sol, en un cielo desmelenado. ¿Desde cuándo estoy aquí? Qué pregunta, me la planteo con frecuencia. Y con frecuencia he sabido responder, Una hora, un mes, un año, cien años, según qué entendía por aquí, por mí, por estar, y ahí dentro nunca he ido a buscar nada extraordinario, ahí dentro nunca he cambiado gran cosa, poco había aquí con aspecto de cambiar. O decía, No debe hacer mucho tiempo, no lo habría soportado.

A finales de 1989, menos de un mes antes de su muerte, Samuel Beckett entregó a su amiga Barbara Bray el poema titulado "What is the Word", versión inglesa de otro titulado "Comment dire", escrito en francés en octubre de 1988.

1.
por qué no meramente perder toda esperanza en
la ocasión de hacer
derramamiento de palabras

acaso no es mejor abortar que ser estéril

después de que te vas las horas pesan como el plomo
comienzan siempre a rastras demasiado pronto
los garfios desgarrando ciegamente el lecho del deseo
exhumando los huesos los antiguos amores
cuencas alguna vez llenas con ojos iguales a los tuyos
siempre es mejor acaso demasiado pronto que jamás
el oscuro deseo salpicando sus rostros
diciendo una vez más nunca flotó lo amado nueve días
ni nueve meses
ni nueve vidas

2.
diciendo una vez más
si tú no me enseñas no aprenderé
diciendo una vez más hay una última
incluso de las últimas veces
últimas veces de rogar
últimas veces de amar
de saber no saber aparentar
una última incluso de las últimas veces de decir
si no me amas a mí yo ya no seré amado
si no te amo a ti ya no amaré

el batir de palabras rancias una vez más dentro del corazón
amor amor amor el golpeteo de ese antiguo émbolo
prensando el inmutable
suero de las palabras

una vez más muerto de miedo
de no amar
de amar pero no a ti
de ser amado pero no por ti
de saber no saber aparentar
aparentar

yo y todos los otros que te amaremos
si te aman

3
a menos que te amen

Cascando, de Samuel Beckett

LA POESÍA de Samuel Beckett
Y es que Beckett es universalmente conocido por su obra teatral, pero aun cuando él se tenía en especial estima por sus textos en prosa, a los que resulta difícil calificar de meras narraciones, empezó y terminó su carrera como escritor en el arduo terreno de la poesía.
Poemas: Whorsocope, 1930/Los huesos de Eco, 1933-1935/Dos poemas y Cuatro poemas, 1937-1948 (edición bilingüe, Barral Editores)
Detritus: 12 poemas franceses/Otros poemas, 1937-1948 (Tusquets Marginales 60)
Apuntes para flauta, 1976-78. (Mirlitonadas, traducidas por Javier Lentini es la traducción que tengo de estos sonorospoemas)

Y para terminar, una secuencia de coincidencias que relata de modo impecable José Emilio Salceda en la revista de ciencia y cultura Elementos No. 44, Vol. 8, Diciembre - Febrero, 2002, página 60:
1968. Un concurso. La televisión húngara transmite la imagen de una joven cantante. Su ropa es una pálida copia de la estridente moda de la época. Apoyada sobre un pasamanos repite sin cesar un estribillo: “El mundo desapareció... ¿dónde desapareció?”. Su cabeza se mueve al ritmo de la canción, pero su cuerpo no se permite libertades y permanece rígido, creando una inquietante paradoja con la alegría de la tonada. Es Ildikó Monyók, y la canción –ella no lo sabe– es una profecía. Varios años después, en un accidente de carretera, pierde la facultad de hablar.

1986. Un hospital. Samuel Beckett ha sido internado por una crisis relacionada con su enfisema pulmonar. Al abandonar el hospital, ya sólo atiende los asuntos relacionados con la traducción de sus obras. A finales de 1989, menos de un mes antes de su muerte, entrega a su amiga Barbara Bray su última obra, el poema “What is the Word”, versión inglesa de otro titulado “Comment dire”, escrito en francés en octubre de 1988.

1989. El cementerio de Montparnasse. Beckett ha callado para siempre. Ildikó Monyók lleva años intentando articular alguna palabra, y algo ha avanzado: aún antes de poder emitir las medias palabras con que se comunica ahora, pudo cantar, y este hecho trajo a su memoria un recuerdo que la obsesiona: Béla Bartók escribiendo para Medgyasszay. Ildikó elige a su Bartók: György Kurtág.

1991. Una sala de ensayo. Kurtág, sentado al piano, toca su partitura con un dedo (es música hecha para tocarse con un dedo). Monyók canta el último poema de Beckett. Hay un vínculo ineludible entre el texto y la lucha de Ildikó por las palabras. El discurso de la partitura es fragmentario. La canción no fluye –no debe fluir– con suavidad. La palabra se forma con dificultad, o no lo hace, dejando su lugar a explosiones fónicas ininteligibles. Qué… es… la… palabra. Ildikó Monyók entiende mejor que nadie el significado de las pausas: el que tartamudea quiere decir algo, quisiera ir hasta el final, pero no puede. La pausa le da a la música su tensión, su intensidad y su dramatismo. Kurtág sabe que es posible crear música con casi nada, sin materia. Y sabe algo más: “¿Cómo decirlo? No tengo vocación ni misión, sólo una razón por la que es bueno levantarse de mañana: que mi vida sea, desde ahora, independiente de las cosas que me suceden”.

Por: roser amills | Citas | Comentarios (0) | Referencias (0)

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