EN BUSCA DEL FUEGO

de roser amills bibiloni

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Hacerse una serie de autorretratos. ¿Para que? ¿Qué hay de diferente en nuestro rostro de un día a otro, de un mes a otro mes? Qué hay de distinto, para que pueda ser mirado. Quizás la mirada más compleja, la mirada que muy pocos podemos proponemos como tarea sea la de indagar el lento cambio de nuestro rostro. Su aparición y desmoronamiento. Un rostro es un paisaje. Y, al igual que la naturaleza, va asumiendo nuevos pliegues, nuevas manifestaciones. Nuestro rostro cambia como varía la tierra, imperceptiblemente. Nuestro rostro es otra geografía: invisible. De allí que la insistencia en el autorretrato sea el oficio de aquellos trabajadores del mirar, de los topógrafos, de lo orógrafos del tiempo. Recordémoslo: ese rostro que vemos igual cada día no es el rostro de ayer, ni mucho menos el rostro de mañana. Repitámoslo: más allá del ver está el mirar‑, más allá del espejo está el tiempo

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Mi ciudad natal es Algaida, en Mallorca, alias "sa roqueta", Islas Baleares, pero vivo en Barcelona desde 1992 (¡casi nada!)
Libros publicados que me encantaría que leas algún día (que para eso los publiqué, jejeje)
Uno solo, por favor (poesía, Calambur)
Lais per amants distingits (poesía, Abadia Editors)
Nos casamos (Ensayo, Maeva)
Mejan (Biografía, El Tren del Arte, Anuart Ediciones)
La ciencia de la serenidad (Ensayo, Ámbar, Océano Editorial)
Guía de teleservicios de Barcelona (El País Aguilar)
Guías de experiencias para "La vida es bella" (La Vida es Bella - FNAC)

por cierto...

Nada es del todo poesía ni prosa ni ficción ni no ficción. Es lo que es, lo que hay y lo que podría haber. Y no. En definitiva: la fiesta está en tu interpretación.

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algunos sabios griegos, preocupados por el estudio de los elementos, al preguntarse qué nos movía, el alma-motor, especulaban si se trataba de un fuego o del éter, mientras otros afirman hoy que lo que guía la acción humana es la información...

Lunes, 27 de marzo de 2006

A mí me gusta la acedia; ¿y a ti?

Leo por ahí que antes de ser "tristeza" medieval, "spleen" de Baudelaire, "mal del alma" de los románticos, "espíritu de pesadez" nietzscheano, o la "depresión de la sociedad del bienestar" de nuestra época, en el siglo XV la acedia era considerada un pecado, una falta, algo que faltaba a lo que debimos llegar a ser, y en medicina es una sensación de ardor que se localiza en la zona central del pecho, justo detrás del esternón. En pleno chakra, vaya!

También cuentan que se la denominaba el "pecado del mediodía", pues atacaba cada mediodía cuando el sol y la pesantez obligaban a deponer las energías, o quizás cuando el horizonte se vuelve una línea fluctuante durante un viaje largo, en plan espejismo, o cuando los años parecieran invitarnos a deponer todo proyecto, a conformarnos con lo ya logrado, a refugiarnos en lo ya vivido, a encerrarnos en la repetición.

Y lo más interesante es que a la iglesia nunca le gustó, y así se define en un interesante diccionario de la Ecclesia de Brasil (www.ecclesia.com.br):

» ACEDIA (akidía): tedio, desgano, pereza e inercia espiritual. Genera obtusidad del espíritu, impotencia de la voluntad y disgusto por los mismos dones de Dios.

En definitiva, era considerada un pecado porque socavaba la voluntad, vampirizaba la energía vital... mala, mala, mala, pues su opuesto es la magnaminitas, que gustaba más. La acedia, resumiendo, consiste en un desánimo ante la tarea de la vida, no ante éste o aquel trabajo, ante éste o aquel proyecto, sino ante la vida en general como tarea, como combate, como aspiración a la grandeza, pues tal es la definición de la magnanimidad: aspiración a la grandeza de la vida, o a la vida como grandeza, como algo magno, algo que siempre exige más porque siempre quiere entregarse como novedad (mass media), siempre quiere crearnos para crearse ella misma en nosotros (la conciencia de patria?), para trascenderse en virtud de su ser siempre más, de rebasarse (y rebasarnos?).

Así, según algunos la acedia aparece como la inerte tristeza del corazón que no quiere o no puede exigirse ya la grandeza, la desesperada sed de una sequedad interior, el sopor de la mezquindad existencial... como náusea sartreana o simple el aburrimiento, pereza (el elogio de la pereza). Así, con el tiempo, la acedia, aquel “demonio meridiano” que acechaba a los monjes en las horas del mediodía o del atardecer, fue resignificada por los poetas como mal de siecle, y como resistencia estética al capitalismo.

La acedia de la que hablamos supone la no-productividad frente al mundo de la superproductividad. Y como no-productividad, se relaciona con la cuestión de la no-posesión. Ahí es donde yo le veo su parte buena, interesante, útil: el síndrome de la acedia no es el de la pasividad, el del ocio o el del ensueño que se prolonga en una siesta tropical, que no estaría mal pero no es el casp. Todo lo contrario: la acedia se manifiesta en la inquietud, en el continuo desplazamiento, en la famosa curiositas incluso, en la huída de quien no puede habitarse a sí mismo, quien "no soporta permanecer en su celda" como dirían los ancianos que ya no están si nos vieran a mil por hora como vamos para describir lo que hoy nos rodea: saber todo para no ser nada, ir de uno a otro para evitar encontrarse con alguien y con nosotros mismos sobre todo, hablar con todos para no decirse nada en realidad, recorrer distancias para seguir girando y girando...

... ¿La acedia es meditar lo que hacemos? Pues viva la acedia. Tranquila y llanamente.

Por: roser amills | para debatir | Comentarios (0) | Referencias (0)

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