EN BUSCA DEL FUEGO

de roser amills bibiloni

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Hacerse una serie de autorretratos. ¿Para que? ¿Qué hay de diferente en nuestro rostro de un día a otro, de un mes a otro mes? Qué hay de distinto, para que pueda ser mirado. Quizás la mirada más compleja, la mirada que muy pocos podemos proponemos como tarea sea la de indagar el lento cambio de nuestro rostro. Su aparición y desmoronamiento. Un rostro es un paisaje. Y, al igual que la naturaleza, va asumiendo nuevos pliegues, nuevas manifestaciones. Nuestro rostro cambia como varía la tierra, imperceptiblemente. Nuestro rostro es otra geografía: invisible. De allí que la insistencia en el autorretrato sea el oficio de aquellos trabajadores del mirar, de los topógrafos, de lo orógrafos del tiempo. Recordémoslo: ese rostro que vemos igual cada día no es el rostro de ayer, ni mucho menos el rostro de mañana. Repitámoslo: más allá del ver está el mirar‑, más allá del espejo está el tiempo

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Mi ciudad natal es Algaida, en Mallorca, alias "sa roqueta", Islas Baleares, pero vivo en Barcelona desde 1992 (¡casi nada!)
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por cierto...

Nada es del todo poesía ni prosa ni ficción ni no ficción. Es lo que es, lo que hay y lo que podría haber. Y no. En definitiva: la fiesta está en tu interpretación.

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algunos sabios griegos, preocupados por el estudio de los elementos, al preguntarse qué nos movía, el alma-motor, especulaban si se trataba de un fuego o del éter, mientras otros afirman hoy que lo que guía la acción humana es la información...

Martes, 11 de julio de 2006

Balthus

Cada cuadro es múltiple, versátil, se desdobla, se divide, se comprime o aumenta como un gigante, en un constante juego de magia con nuestra mente.







Con él, si queremos, nos podríamos quedar más tiempo suspendidos que con ninguna otra fascinación, iluminados por esa luz erótica, inquieta, que hay en sus cuadros. Muchos de sus dibujos y cuadros están cargados de esa tensión sensual a primera vista insana (depende del que mira, como en todo) que, dicen, lleva a arrugar la nariz pero también a abrir los ojos, pues poseen una atmósfera surrealista, miteriosa incluso cuando el tema, trivial a menudo, son una calle con personas, una sala de estar con chimenea o una niña desnuda frente al espejo.







Balthus, pseudónimo de Baltasar Klossowski, conde de Rola (1908-2001), el pintor metafísico de los gatos y de las adolescentes sensuales y maliciosas, nínfulas, Lolitas, niñas a punto de estallar en mujer... Este pintor francés de origen polaco iba a cumplir 93 años. Había abandonado la clínica en la que llevaba hospitalizado algunos meses. Regresó a su chalé de Rossiniére, en el cantón Suizo de Vaud, de 113 ventanas. Y cuentan los allegados que murió tranquilo en su cama con un solo deseo: pintar.





Tal como explica la Fundación Balthus, durante sus años de formación estuvo patrocinado por Rainer Maria Rilke, Pierre Bonnard y Henri Matisse, entre otros. Su padre, Erich Klossowski, un destacado historiador de arte, y su madre Elisabeth Dorothea Spiro (conocida como Baladine Klossowska) eran parte de la élite cultural de París. Y el hermano mayor de Balthus, Pierre Klossowski, fue un filósofo influenciado por los escritos del Marqués de Sade. Jean Cocteau, quien era amigo de la familia, también encontró inspiración para su novela Les Enfants Terribles (1929) en sus visitas a la familia de Balthus.



Este pintor pasó la primera parte de su vida en Francia, pero en 1953 se mudó a Chateau de Chassy en donde terminó su obra maestra El cuarto (1952), inspirado por las novelas de Pierre Klossowski, y La calle (1954). Después, en 1964 se mudó a Roma, en donde presidió la Academia francesa en Roma e hizo amistad con Frederico Fellini y el pintor Renato Guttuso. Fuertemente influido por el primer Renacimiento italiano -Piero della Francesca, Masaccio-, también se dejó inspirar por sus compatriotas Poussin o Courbet.

Se casó en 1937 con Antoinette de Watteville, a quien había conocido en 1924. Ella fue la modelo para una serie de retratos. Y su obra tuvo mucho éxito.

Pero había más en su historia: los desnudos pintados por Balthus, teniendo como modelo a su primera esposa Antoinette, acentuaron su crisis matrimonial: por lo visto ella estaba escandalizada y furiosa al verse en las paredes de las casas de sus amigos aristócratas. La ruptura, según ella, fue inevitable.

En 1977 se mudó a Rossinière, Suiza, con su segunda esposa.

"En el fondo vinimos aquí por mi nostalgia de la montaña. Rossinière me ayudó a avanzar, a pintar. (...) Aquí reina una especie de paz. La fuerza de las cumbres, el peso de la nieve de su entorno, su masa blanca, la plácida calma de los chalés colgados en los Alpes, el tintineo de los cencerros y la regularidad de las vías férreas que serpentean por las montañas: todo llama al silencio".

Y es que, ahora según su segunda esposa, la japonesa Setsuko, además Balthus pecaba de ser exasperantemente meticuloso. Un cuadro le llevaba con facilidad meses o años o, como ella misma explica en una entrevista: "Cada pintura de Balthus es como una larga novela, el resultado de una larga experiencia y de una búsqueda perpetua".

Conoció a Setsuko durante una misión diplomática en Japón. y los fotógrafos y amigos Henri Cartier-Bresson y Martine Franck realizaron varios retratos del pintor, su mujer y su hija Harumi en su Grand Chalet en Rossinière en 1999.



Con respecto a su ritmo de trabajo, ella también dijo: "Es muy madrugador. Cuando se despierta pide un desayuno ligero y si la luz es buena lo toma en su taller. Luego se pone a pintar hasta 17 horas. En época de invierno la nieve da una luz blanca bellísima, luminosa, nacarada, entonces la aprovecha toda. Cuando empieza a trabajar se queda absorto, no masculla, se mete dentro de su mundo y es ahí donde se realiza como autor. Luego viene a tomar el té, también en silencio. No deja nunca de trabajar, cuando charlamos lo hacemos en torno a sus cuadros..."



Hoy, en Rossinière es la viuda, Setsuko Klossowska de Rola, quien custodia la memoria de Balthus. También pintora, descendiente de una familia de samuráis de Kyoto, Setsuko vive sola en el Gran Chalé, excluyendo las visitas de la hija Harumi. Y es que esta obra es un pacto luminoso con el silencio y con los deseos ocultos que de manera comprensible nos pierden.

Trasmitir que la belleza y la inocencia encierran peligros insospechados para los espíritus que no se han preparado para ello, ésa fue la gran lección de la obra de Balthus.

Por: roser amills | una imagen + | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

No tiene la misma fuerza expresiva ni artista pero tiene una visón interesante (por eso me recordó a las primeras obras de Balthus) http://superpaintgirl.com/main.htm

el forastero | 11-07-2006 11:24:26

qué parecido con Delvaux, verdad?

rebeca | 14-07-2006 10:56:10

Es impecable la relacion de nudo espacio y forma. Donde la forma parece ser una escusa para develar el espacio compositivo.

Balthus Es un Gigante de la pintura

Emilia | 25-11-2009 13:12:19

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