Estás dentro de mi cuaderno de notas totalmente improvisadas.
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Hacerse una serie de autorretratos. ¿Para que? ¿Qué hay de diferente en nuestro rostro de un día a otro, de un mes a otro mes? Qué hay de distinto, para que pueda ser mirado. Quizás la mirada más compleja, la mirada que muy pocos podemos proponemos como tarea sea la de indagar el lento cambio de nuestro rostro. Su aparición y desmoronamiento. Un rostro es un paisaje. Y, al igual que la naturaleza, va asumiendo nuevos pliegues, nuevas manifestaciones. Nuestro rostro cambia como varía la tierra, imperceptiblemente. Nuestro rostro es otra geografía: invisible. De allí que la insistencia en el autorretrato sea el oficio de aquellos trabajadores del mirar, de los topógrafos, de lo orógrafos del tiempo. Recordémoslo: ese rostro que vemos igual cada día no es el rostro de ayer, ni mucho menos el rostro de mañana. Repitámoslo: más allá del ver está el mirar‑, más allá del espejo está el tiempo
Mi ciudad natal es Algaida, en Mallorca, alias "sa roqueta", Islas Baleares, pero vivo en Barcelona desde 1992 (¡casi nada!)
Libros publicados que me encantaría que leas algún día (que para eso los publiqué, jejeje)
Uno solo, por favor (poesía, Calambur)
Lais per amants distingits (poesía, Abadia Editors)
Nos casamos (Ensayo, Maeva)
Mejan (Biografía, El Tren del Arte, Anuart Ediciones)
La ciencia de la serenidad (Ensayo, Ámbar, Océano Editorial)
Guía de teleservicios de Barcelona (El País Aguilar)
Guías de experiencias para "La vida es bella" (La Vida es Bella - FNAC)
Nada es del todo poesía ni prosa ni ficción ni no ficción. Es lo que es, lo que hay y lo que podría haber. Y no. En definitiva: la fiesta está en tu interpretación.
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algunos sabios griegos, preocupados por el estudio de los elementos, al preguntarse qué nos movía, el alma-motor, especulaban si se trataba de un fuego o del éter, mientras otros afirman hoy que lo que guía la acción humana es la información...
Viernes, 14 de julio de 2006
“Hay dos maneras de escribir en Africa: en primer lugar, se puede escribir sobre Africa y para los africanos. El escritor denuncia entonces una situación más o menos conocida por éstos, y corre el riesgo de decir la verdad en voz alta. Entonces no puede esperar vender mucho: se dirige a lectores de un país en desarrollo, donde la gente no sabe leer o no dispone de medios financieros para alimentar su lectura. Pero se puede también escribir para un público más vasto tratando temas que interesan igualmente a los no africanos. Por ejemplo, autores africanos residentes en Francia escriben para lectores exclusivamente europeos. Pienso que debemos tratar de dirigirnos a todos, presentando nuestros problemas como problemas humanos, por consiguiente conmovedores y apasionantes para un vasto público"
Ahmadou Kourouma.
Todos cuantos conocen a Ahmadou Kourouma (Togobata, Costa de Marfil, 1927) no pueden dejar de referirse a su soberbia estatura de coloso y a su risa atronadora. Pero a esa imponente presencia es necesario añadir que el autor es unánimemente valorado como uno de los autores literarios más relevantes de expresión francesa de la última década.
Su primera y más emblemática novela, Les soleils des indépendances (Seuil), fue celebrada por la crítica internacional, desde el mismo momento de su publicación en 1970, como una obra maestra. Kourouma logra consagrarse con este texto como un creador genial de lenguajes. En otro orden de cosas, su obra es considerada como el paradigma de la novela del desencanto consecutivo a las independencias africanas.
“Hacía una semana que se había acabado en la capital Koné Ibrahima.” Esas palabras que abren Les soleils significan que Koné Ibrahima había muerto. Así es como se diría en la lengua materna del autor, el malinké. La frase resonó como una detonación en los ambientes literarios de la francófonía, pues ya daba cuenta de que Ahmadou Kourouma ofrecía algo diferente.
Su estilo está sustancialmente marcado por la biculturalidad. En todas sus obras exhibe un virtuosismo en el arte de la narración que él convierte en un juego intertextual. Quebrando la factura clásica de la lengua francesa, el escritor intenta recuperar las estructuras y el ritmo africano con procedimientos como las reiteraciones, las intrusiones de autor propias del narrador de las veladas africanas, las incantaciones y el uso continuado de proverbios. Con todo ello, dota a la lengua francesa de un nuevo colorido animado de metáforas, de fórmulas, giros gramaticales y neologismos con resonancias a veces poéticas.
Las lenguas africanas, con una estructura morfosintáctica muy marcada por la oralidad, no son fácilmente transferibles al código escrito. Por tanto, la literatura en lengua vernácula es prácticamente inexistente en África. Kourouma viene a demostrar con su obra que el francés no tiene por qué contribuir a la destrucción de los valores culturales africanos. Es más: las culturas tradicionales africanas amenazadas de declive renacen gracias a la literatura.
Estilo sorprendente
En los círculos editoriales franceses de aquella época, su estilo novedoso sorprende y es alabado pero, decididamente, la novela resulta políticamente incorrecta: es rechazada de plano por la totalidad de las casas de edición y aparentemente condenada al ostracismo por la intelligentsia francesa. Los editores africanos le devuelven asimismo a Kourouma su inoportuno manuscrito, algunos subrayándolo con comentarios injuriosos.
Para probar suerte, el autor envía la obra a la Universidad de Montreal donde la revista Études Françaises decide concederle su premio literario anual. Sin la intuición mostrada por los canadienses, posiblemente, la que hoy es considerada una de las mayores y más originales obras de la historiografía literaria negro-africana, nunca hubiera salido a la luz. Tras el éxito alcanzado por la primera edición, Le Seuil decide al fin publicarla en Francia.
Alá no está obligado, la última obra de Kourouma, se encuentra hoy traducido al español y al catalán. En este relato demencial y apocalíptico, el guía local convierte nuestra incursión por el escenario dantesco del África subsahariana, que se debate entre las supersticiones y los grandes intereses económicos, en una saludable experiencia.

El autor nos convoca aquí a un viaje alucinante y grotesco en el corazón mismo del horror donde analiza, sin morbosidad pero con cierto cinismo, la enajenación inherente a cualquier conflicto. Su protagonista y narrador, el niño-soldado Birahima, es a la vez víctima y monstruo, ángel y asesino en serie, porque Alá no está obligado a ser justo con todas las cosas en la tierra. Como sus compañeros, sale al combate con su kalachnikov al hombro, sin más referencia vital que la guerra, sin más ambición que un puñado de dólares y sin más consuelo que su dosis de hachís. Muchos de ellos no volverán del frente o lo harán mutilados. La integridad psicológica de los supervivientes quedará definitivamente aniquilada.
En el continente negro, ni siquiera el lenguaje corresponde a la realidad que se obstina en escapar al entendimiento. África no se comprende a sí misma, por eso el pequeño cronista tiene que hacer auténticos malabarismos con cuatro diccionarios para poder contar su historia. Su esfuerzo, que se traduce por un continuo vaivén de traducciones introducidas entre paréntesis, da cuenta de su necesidad compulsiva de ser comprendido. Hay en su insolencia, en su ingenuidad fingida, algo inquietante, como si el small-soldier tuviera en el fondo la certeza de que la verdad es demasiado espantosa para ser creíble. Y eso hace que sus palabras silben como balas perdidas en las tinieblas
Los personajes y sus andanzas descritos por Kourouma en este relato, son auténticos. Por alucinante que parezca, Foday Sankoh, el líder del Frente Revolucionario Unido de Sierra Leona que decidió cortar los brazos a la gente para que nunca pudieran votar (“¡Si no hay brazos, tampoco habrá elecciones!”), es auténtico. La suerte macabra de Samuel Doe, trinchado con deleite en trozos menudos por su rival Prince Johson, fue real como lo es la historia de los condenados que ríen cuando están a punto de ser ejecutados porque, al fin, han podido comer algo, es rigurosamente cierta.
No hace tanto tiempo que las pantallas de televisión se hicieron eco de aquellos hechos espeluznantes de los señores de la guerra que espantaron al mundo. Kourouma no quiere que olvidemos a los niños de la muerte. Y ¿qué menos podemos hacer nosotros que conocer su historia?

Por: roser amills | para debatir | Comentarios (0) | Referencias (0)