EN BUSCA DEL FUEGO

de roser amills bibiloni

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Hacerse una serie de autorretratos. ¿Para que? ¿Qué hay de diferente en nuestro rostro de un día a otro, de un mes a otro mes? Qué hay de distinto, para que pueda ser mirado. Quizás la mirada más compleja, la mirada que muy pocos podemos proponemos como tarea sea la de indagar el lento cambio de nuestro rostro. Su aparición y desmoronamiento. Un rostro es un paisaje. Y, al igual que la naturaleza, va asumiendo nuevos pliegues, nuevas manifestaciones. Nuestro rostro cambia como varía la tierra, imperceptiblemente. Nuestro rostro es otra geografía: invisible. De allí que la insistencia en el autorretrato sea el oficio de aquellos trabajadores del mirar, de los topógrafos, de lo orógrafos del tiempo. Recordémoslo: ese rostro que vemos igual cada día no es el rostro de ayer, ni mucho menos el rostro de mañana. Repitámoslo: más allá del ver está el mirar‑, más allá del espejo está el tiempo

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Mi ciudad natal es Algaida, en Mallorca, alias "sa roqueta", Islas Baleares, pero vivo en Barcelona desde 1992 (¡casi nada!)
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Nada es del todo poesía ni prosa ni ficción ni no ficción. Es lo que es, lo que hay y lo que podría haber. Y no. En definitiva: la fiesta está en tu interpretación.

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algunos sabios griegos, preocupados por el estudio de los elementos, al preguntarse qué nos movía, el alma-motor, especulaban si se trataba de un fuego o del éter, mientras otros afirman hoy que lo que guía la acción humana es la información...

Domingo, 28 de enero de 2007

¿ARQUITECTURA DE MODA o modas arquitectónicas?

Si escuchamos a alcaldes, empresarios o ciudadanos diciendo: “¿En vuestra ciudad tenéis algún edificio de los arquitectos suizos Herzog & de Meuron?”; “Y de Toyo Ito, ¿tenéis alguno?”; “Si contratas a un Gehry, aunque te salga caro al principio, a la larga te resultará rentable, y si no mira el cambio que ha tenido Bilbao”... ¿qué debemos pensar? ¿Que la nueva arquitectura se ha banalizado? o ¿acaso ha subido un importante peldaño en el glamour que mueve y alimenta nuestra vida moderna?


La realidad es que hoy día se publican las revistas de arquitectura como se publican las de moda: “la imagen lo es todo”. Incluso algunos libros recientes de arquitectura, que pudiesen ser considerados como "teóricos", ya no se leen, se ojean como se ojean las revistas de decoración o del mundo del espectáculo. Y encima los nombres de ciertos arquitectos se han convertido en marcas comerciales.

Y la prueba más flagrante ocurre con los ya desaparecidos, y en cuyo nombre se sigue construyendo. Se puede establecer un paralelismo entre las ciudades y los lugares propios para el coleccionismo, es decir, los museos: “Muchos coleccionistas –y también museos- compran nombres, marcas, en lugar de obras”- escribe John Berger. A lo cual se podría responder que muchos alcaldes –y también ciudades- coleccionan nombres, marcas, en lugar de obras de arquitectura. Basta observar lo que está pasando con Hospitalet de Llobregat: están construyendo un Foster, un Ito, ya tienen un Siza y pronto tendrán un Nouvel.

Sí. Nos encontramos en un período en el que se reverencia la imagen, en el que se fabrican iconos, símbolos del poder y del progreso que pretenden ser representativos de un entorno, de un territorio o de una ciudad. Las imágenes abundan, nos asedian, se retocan, se trucan para hacer parecer que los edificios o las ciudades son más bellos de lo que son en la realidad. En cambio, la buena arquitectura no es necesariamente fotogénica. La arquitectura y la fotografía, aunque en ocasiones se entrelazan, van por caminos diferentes...

Versión 1: la arquitectura se ha banalizado al convertirse en moda

Ahora los edificios tienen marca, una especie de impronta que los identifica. Hablamos de un edificio proyectado por Nouvel, Foster o Calatrava, como si se tratase de un BMW o de un Ferrari. No importa si se trata de un hospital, un aeropuerto o una casita; lo verdaderamente importante es la firma que refrenda la obra.

Y aunque la arquitectura no es una moda, o no lo era hasta hoy, sin embargo algo así parece ser que es lo que le está sucediendo en la práctica actualmente cuando vemos la influencia de los arquitectos "superstar" en la evolución de nuestras ciudades, ya sea inspirando museos, aeropuertos, bolsos, trabajando en colecciones de griferías para el baño, vajillas para cenas urbanas o juegos de té. Además, la arquitectura ahora es más mediática que nunca y lo que se acaba de construir en Inglaterra al año siguiente aparece en California o en París, siguiendo la estela de lo que se lleva, de lo que hay que tener para estar al día.

Pero todo esto para el sector más purista y conservador de la arquitectura no es visto con buenos ojos: la arquitectura no debería ser moda, pues la moda tal como la interpretamos hoy forma parte de la cultura light, de lo ligero y aparente, un planteamiento pasajero. Puede haber caído acaso la arquitectura en esta trampa, perdiendo así seriedad y rigor y dejándose seducir por los flashes de las portadas de las revistas más populares?

Versión 2: la arquitectura ha evolucionado abarcando también la moda

En principio, la arquitectura no tendría nada que ver con la moda, aunque sí está muy relacionada con el vestido. De hecho, la primera forma de arquitectura consiste en vestirse. Aclaremos este punto: la primera y principal finalidad de la arquitectura ha sido la protección y el cobijo, y así lo entendieron incluso los hombres de las cavernas. Y ya algunos arquitectos de finales del siglo XIX y principios del XX, (Gottfried Semper o Adolf Loos, por ejemplo) habían establecido analogías entre el vestido y la arquitectura. En ese entonces, el revestimiento de los edificios se convirtió en uno de los elementos más expresivos de la arquitectura.

Y, con el paso de los tiempos, esa cubrición básica se ha venido cualificando, adaptándose a las épocas, hasta el punto en que no sólo se espera de ella la protección, sino que también produzca placer estético.

Y así aclarado este punto, podemos afirmar que aunque estamos en una era de ilimitadas posibilidades técnicas y formales... ¿cuántos de nosotros podemos lucir un traje de Alta Costura? Resulta obvio que muy pocos. Los grandes diseñadores de moda producen prendas que sólo unos cuantos se pueden permitir. Sus diseños van dirigidos a un reducido sector del público, a una élite; el resto se aviene con lo convencional. Si nos atenemos a este punto de vista, igual le está pasando a la arquitectura.

Arkimoda: arquitectos superstar + moda

En marzo de 2006, la revista EPS (el suplemento dominical del diario El País), publicó el artículo "Los edificios son maniquíes" en el que se explicaba cómo se había llevado a la más literal realidad esta idea de aunar arquitectura y moda, la moda con la arquitectura. En este artículo se mencionaba a un grupo de jóvenes arquitectos que intentan “trasladar el mundo de seis diseñadores de moda españoles a la arquitectura y el interiorismo”, vivir en una casa proyectada por Antonio Pernas o trabajar en una oficina que lleve la firma de Jesús del Pozo. Este concepto fue llamado Arkimoda.

Consistía en hacer, por ejemplo, “Una vivienda que, como la ropa, persiga hacernos la vida más fácil”, explicaba Modesto Lomba, de Devota & Lomba. Y suponía superar diferentes y sugerentes retos, el desafío de innovar sobre algo que apenas empezaba a evidenciarse como firme posibilidad. Y desarrollaron seis propuestas distintas y consistentes.: “Creo que todos hemos buscado que las obras fueran funcionales. La ropa y la arquitectura tienen que ser bellas, desde luego, pero también tienen que funcionar”, explicaba Antonio Pernas. Un reto al que hubo que sumar el de traducir al lenguaje de planos y materiales conceptos más propios del dedal y la aguja.

Las críticas del sector purista no se hacebn esperar, claro

Por supuesto que los arquitectos radicales o no pero del purismo arquitectónico y los arquitectos militantes en general se oponen resueltamente a este papel decorativo en que se colocan los más glamourosos y rechazan ser considerados meros decoradores de ciudades, y, menos aún, meros escenógrafos.

Así, al mes siguiente del artículo antes citado, en las páginas de opinión de la misma revista, un indignado arquitecto criticaba el reportaje: “Para presentar este engendro, bautizado como arkimoda, es imprescindible una apariencia de modernidad y estética vanguardista”. La crítica al artículo no sólo se debía a la frivolidad con que se entretejían ambas disciplinas, sino también a la repercusión que podría tener en el público general y al detrimento de la profesión del arquitecto, pues a su juicio los arquitectos de moda demuestran un denodado esfuerzo por descubrir en cada obra y obsesivamente un nuevo efecto “más difícil todavía”, una nueva impresión que sorprenda y encandile a sus seguidores; digamos que se valen de cualquier cosa que pueda llamar la atención.

Por ello, los materiales de las fachadas más actuales ahora se tiñen, se colorean, se repujan, imitan ser otros materiales o se decoran de manera análoga a como se hacen los tatuajes en la piel. La fachada ha vuelto a ser, como lo fue en otros tiempos, una impostura, un elemento de decoración. ¿Es éste el camino que debe seguir la arquitectura? ¿O acaso tan solo es una vía más de exploración?

Conclusiones: para gustos, los colores

Al margen de toda esta polémica, que no sabemos a dónde llevará la buena y mala arquitectura, sí podemos y debemos considerar que el atrevido empeño de los más jóvenes de transferir la moda a la arquitectura no hace más que confirmar algo que, desde hace algunos años, viene sucediendo: la arquitectura más reciente es una cuestión de modas y eso no tiene por qué ser negativo o positivo, simplemente es una situación actual.

La arquitectura al parecer se ha concentrado en exceso en la fachada, en el vestido. El contenido, poco importa. Y la moda es, por su propia naturaleza, un asunto pasajero; cambia cada temporada. La arquitectura reciente, al igual que ella, se diluye con el tiempo. Es evanescente. ¿Quién se acuerda ahora de los edificios de las últimas olimpiadas? ¿O de los innovadores hallazgos arquitectónicos de los pabellones de la última exposición universal?

Sin duda, si vemos una foto sí reconoceremos edificios, arquitectos y modas, pues todos ellos se caracterizan por ser eminentemente fotogénicos: Jean Nouvell, Norman Foster, Calatrava... Según esto, podríamos afirmar que la arquitectura ha dejado ser un bien cultural y se ha convertido en una mercancía. Está generada para y por el consumo, y al ritmo vertiginoso del consumo actual, además con fachadas capaces de sugerir cualquier moda o tendencia de temporada: celosías de cristal que, con los rayos del sol, simulan el borboteo de un chorro de agua; muros de gaviones que causan inusuales efectos de sombras en el interior de una bodega de vinos; paredes de hormigón con grabados de pinturas o fotografías; cerramientos de cristal esgrafiados con hojas de un árbol; planchas de titanio que hacen refulgir las formas contorsionadas; pantallas de plasma que pueden anunciar cualquier publicidad.


¿Hay diseñadores de moda que se inspiran en la arquitectura?

Sí. No en vano hoy no es extraño escuchar a los arquitectos hablando de "patrones" para diseñar las fachadas, por ejemplo. En los despachos de arquitectura, como en las sastrerías, se utilizan plantillas que sirven para definir los modelos. Suelen ser dibujos o recortes que se enganchan sobre la fachada. Son, en sí mismos, la fachada.

Pero los diseñadores mexicanos Jesús Ibarra y Bertholdo –formados en arquitectura antes de dedicarse de lleno a la moda desde hace años- dieron hace poco un paso más allá y presentaron en la Fashion Week México su colección Otoño-Invierno 2006/2007 formada por diseños elaborados "imaginando el estilo de vida de las mujeres que habitaron La Alhambra", la fortaleza árabe de Granada. Así, presentaron 36 diseños inspirados en tapices, flores, mosaicos geométricos y otros aspectos artísticos del palacio.

Las prendas que presentan en su colección evocan con texturas y diseños el manejo del agua en patios interiores y las flores del famoso palacio de Granada y, por su parte, Bertholdo comentó que la arquitectura sigue siendo la base de un trabajo que conjunta "moda y arquitectura". "Creo que somos de los pocos que lo hacemos", añadió Bertholdo.

Y el ejemplo: la Torre Agbar de Barcelona como modelo de arquitectura “de moda”

La torre Agbar de Joan Clos es un claro ejemplo de este fenómeno cultural basado en el culto a la imagen. Sus patrocinadores se han encargado de realizar un ingente despliegue publicitario para hacer de la torre el nuevo símbolo de Barcelona.

Pese a ello, la respuesta de la ciudadanía no ha sido del todo satisfactoria: se ha calificado de poco sensible con su entorno y por su llamativo aspecto algunos ciudadanos ya la denominan misil, cohete, pintalabios, supositorio o, incluso, consolador.

Por su parte, Nouvel justifica la obra relacionándola con las torres de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí, con los pináculos de piedra de la Montaña de Montserrat y con un borbotón de agua, un geiser, en alusión a la empresa que patrocina la torre (Aguas de Barcelona). También se ha de remarcar el esfuerzo que demostró Nouvel durante el proyecto, intentando prever los efectos que el sol produciría en la fachada del edificio. Además de las simulaciones realizadas mediante ordenador, se hicieron varias pruebas construyendo trozos de la fachada en tamaño original.

Pero el efecto alcanzado en la obra culminada no ha resultado el que se preveía, pues el smog y el polvo acumulado sobre los cristales atenúan el brillo de la superficie; y en consecuencia, parece que el presupuesto inicial de la torre se ha visto rebasado con creces pues los gastos se han incrementado, sobre todo, en el mantenimiento del edificio. Se ha encargado a una empresa la limpieza permanente de la fachada, y tan pronto terminan abajo, han de volver a comenzar por arriba.

Por: roser amills | Mis obritas | Comentarios (0) | Referencias (0)

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